martes, 4 de diciembre de 2007

MAÑANAS FUGACES

Metrópolis. George Grosz

El oficinista entreabre un ojo. Se despereza. Se levanta. Sobresaltado por la hora. Corre a la
ducha, se apresura a vestirse. Toma su escuálido desayuno mientras da rápidas caladas a un
viejo cigarro. Maldice de nuevo la lluvia y la plancha que se olvidó de apagar. Sube. La puerta del
ascensor se vuelve a atrancar. El reloj le juega una mala pasada y vuelve a adelantarse a su
tiempo. -Otra vez, no puede ser-.

Cuando por fin sale a la calle, ya va tarde. La boca del metro, aún lejos, engulle a miles de
oficinistas por segundo. Prisas, se imagina al jefe cabreado. -Piensa una excusa. Rápido, algo
convincente, algo creíble-.

Sólo le asalta una idea que en seguida lleva a cabo:

-Buenos días. Un café con leche, por favor-.