Guardo en la memoria como una fotografía la localización de los objetos más inverosímiles, de los detalles más ínfimos de aquel bar en el momento en que escuché las palabras que, en aquel momento, me parecieron que me cambiaban la vida.
Estábamos en una cafetería del Boulevard de Port Royal, como tantas otras veces, porque era el bar más barato que encontramos en París y nuestro presupuesto no daba para sentarnos en una terraza cualquiera de las que inundan las calles de la ciudad.
Me acuerdo perfectamente de la chica que estaba en la mesa de al lado devorando unas patatas fritas con una cerveza enorme y gesto despreocupado, como si el ritmo acelerado de la ciudad que se colaba por los grandes ventanales no fuera con ella. También recuerdo la música que sonaba y el periódico que estaba a punto de caerse de la mesa en la que alguien descuidadamente lo había dejado.
Mis observaciones no me impedían estar charlando sobre lo de siempre, tomando un “café au lait” y unos bombones que había cogido el día antes de la cafetería de la facultad. Nos gustaba mucho quedar en ese bar y charlar. En nuestras charlas se intercalaban a veces silencios en los que mirábamos por las ventanas de donde parecían surgir nuevos temas de conversación. De repente, tras uno de esos silencios, justo cuando yo estaba pensando si las caras que adornan los edificios haussmanianos de París se corresponderían realmente a personas conocidas del arquitecto que las diseñó, soltó así, sin previo aviso, lo que según ella llevaba pensando mucho tiempo.
Estuvo hablando atropelladamente durante unos diez minutos, con la voz a veces entrecortada, pero segura de lo que decía, a juzgar por las veces que repetía determinadas frases. Se notaba que había elaborado una especie de guión, el cual se saltaba continuamente por culpa de los nervios.
Yo la miraba, desconcertado aún por ese cambio tan brusco en nuestra apacible rutina de los cafés parisinos. Pensaba que, en lugar de lo que estaba diciéndome en ese momento, cumpliendo con las reglas implícitas de nuestros cafés, deberíamos haber estado comentando la posibilidad de que los arquitectos colocaran las caras de sus amigos, novias, amantes o esposas en sus creaciones, o bien discutiendo sobre la inutilidad de mis observaciones. Sin embargo, el tema era bien distinto.
Tras oír sus palabras, mi primera reacción fue levantarme a colocar bien el periódico que seguía amenazando con caerse al suelo. Tras esta maniobra de rescate, muy aturdido, me volví hacia la mesa a recoger el abrigo, la bufanda, la carpeta, el paquete de tabaco y salí del bar sin ni siquiera dirigirle una mirada.
Ya está, me dije. ¿Para qué prolongar más una situación incómoda, embarazosa, de la que no había ninguna manera digna de salir? Cualquier palabra en ese momento hubiera sonado hueca, sin sentido, y el silencio hubiera sido aún peor. Esta vez no hubiera podido mirar por la ventana en busca de argumentos. Quedarme sentado en el mismo sitio escudriñando su cara en busca de algún gesto de complicidad o esperando que me sonriera y me dijera que sí, que había oído alguna vez que los pintores del Renacimiento utilizaban a conocidos como figurantes, era poco probable. Además, hubiera sido una despedida patética en el caso de que nada hubiera ocurrido y ya me sentía bastante mal como para encima arriesgarme a que todo fuera a peor….
Así que me fui. No intentó retenerme. De hecho, creo que sintió alivio al ver que no se lo había puesto tan difícil….y ahí estaba yo, a las puertas de una cafetería, solo.
Comencé a subir por el boulevard en dirección al metro. Me crucé con un par de conocidos que iban al bar y me preguntaron por ella. No respondí.
Decidí que lo mejor que podía hacer era irme a casa e intentar evadirme con ayuda de algún porro que alguien se hubiera dejado por ahí de la fiesta del viernes pasado, cuando yo pensaba que todo aún estaba bien y no presentía lo que ocurriría un par de días más tarde.
Entonces, cuando echamos a nuestros amigos ya borrachos y nos quedamos solos en casa, ¿fue una despedida?.¿Por qué nadie me avisó de que sería la última vez que estaría dentro de ella? No me habría echado a dormir cuando todo terminó. Me hubiera quedado acariciándola, jugando con su pelo mientras se quedaba dormida, diciéndole cosas al oído mientras escuchábamos por enésima vez el CD que compramos en la rue Mouffetard. No sé, le hubiera propuesto que fuésemos a la avenue de Camoens a ver cómo la torre Eiffel se convertía en un montón de luces, o a dar una vuelta por Montmartre, o al palais de Tokyo…. Le hubiera dicho que me encantó verla perdida en el metro rodeada de gente, que cuando estuvo bailando parecía que todas las luces se dirigían a ella, que nunca olvidaré su sonrisa cuando se me cayó en un charco la baguette que compramos cerca del Panteón…
Miles de imágenes me venían a la mente… ¿no era París una ciudad perfecta para los enamorados? ¿Por qué entonces se acabó todo?¿Por qué tuvo que conocer a su compañero de filología eslava? ¿Quién coño le había dado derecho a ese tío para entrometerse en nuestra intimidad? ¿O es que, como ella me repitió varias veces, esa intimidad y esa complicidad ya habían desaparecido hacía mucho tiempo? ¿Cuándo ocurrió eso? ¿No resulta extraño que, si se supone que la complicidad es por definición compartida, aún cuando uno piensa que ha desaparecido, es posible que el otro no se dé cuenta, viva feliz en la ignorancia y piense que todo sigue igual? ¿Por qué era todo tan complicado?
Cuando salí de mis elucubraciones me di cuenta de que me había pasado el metro Port Royal y me dirigía a Montparnasse…pensé que no me haría mal andar un poco hasta casa. Tomar un poco de aire, ventilar las ideas, dejar de pensar.
En realidad, cuando miré a mi alrededor, caí en la cuenta de que aún había miles de calles vírgenes en la ciudad y de que yo tenía todo el día por delante dedicado exclusivamente a la autocompasión (descarté rápidamente ir a clase como estaba previsto). Siempre se dice que en estas situaciones hace falta un hombro amigo para llorar, ¿no? Pues yo tendría no sólo un hombro, sino toda una ciudad a mi disposición para compartir mis penas. Y qué ciudad.